Viajando al lado del camino - La Zona

 Esta es la historia de un muchacho nostálgico, que pudo salir de la melancolía inacabable del servicio militar obligatorio en Novozíbkov. En pleno conflicto y, debido a su cercanía geográfica con Ucrania, el joven Andrei, que otrora fue un trabajador ferroviario en el óblast de Briansk, huyó hacia la zona de exclusión de Chernóbil una noche de invierno.
En una helada penumbra donde lo poco distinguible eran los árboles pelados, secos y casi muertos. Donde las únicas melodías se componían de los aullidos de los lobos y un viento capaz de arrancarle la cara. Tardó poco más de una semana en llegar desde la avanzada del ejército hasta los pantanos de La Zona. Del cruel frío a un calor insoportable.
Al principio creyó que eran alucinaciones, que tenía fiebre, alguna infección por alimentarse de la carne de algún conejo marinado en roentgens y la rudimentaria cocción que una pobre alma cansada y sin provisiones haya podido implementar para subsistir.
En su mochila, apenas le quedaba su cantimplora casi vacía, la bolsa de dormir, unos pocos cigarrillos, ropa de invierno y su Makarov 9mm. Dosificando la cantidad de agua, logró avanzar por la radioactiva ciénaga y llegó hasta el final de las vías, donde un puente de ferrocarril destruido por el abandono y el peso de una vieja locomotora le valió de refugio donde dormir un poco, lejos de los hambrientos sabuesos que merodeaban.
Los aullidos y sollozos de los perros, combinados con rugidos imposibles de atribuir a algún animal conocido, le impidieron pegar ojo plácidamente.
Desde el vagón vacío que oficiaba de "habitación" se oía el ruido blanco de las gotas de lluvia que golpeaban contra el grueso metal, como si de un tambor militar en un desfile se tratase. Por la hendija de la puerta, era capaz de ver la luna entre el espesor de las nubes.
Entre sueños e interrupciones, con la llegada del alba también comenzaban a despertar los mutantes. Andrei oyó un par de disparos cercanos, lo que lo obligó a fijar curso hacia el origen del ruido: con cautela, enrolló su bolsa, bebió la poca agua que le quedaba, se encendió un cigarrillo y salió a caminar con su pistola, con los ojos bien abiertos para no ser sorprendido. Había oído historias de La Zona, algunos de sus compañeros que también habían desertado, volvieron despavoridos, débiles e incluso heridos. Todos coincidían en una cosa: relajarse en el yermo es prácticamente la muerte.
Comenzó su viaje al lado del camino, fumando el humo mientras las ratas pasan, en sus gastadas botas de cuero negro, ahora llevaba el color del fango. Su andar era impreciso, pues la densa niebla no le permitía ver más que unos pocos metros delante suyo.
Encontró unas pisadas de animales, a la par de lo que parecían ser las huellas que dejan unos borcegos. Las siguió unos minutos y se cruzó con una aldea que contaba con un granero.
La madera de las construcciones estaba inflada y rajada, los años de abandono y la lluvia ácida apresuraron la putrefacción. Entre tanta pared verdosa, Andrei notó manchas de sangre y un pequeño rastro hacia el interior de una de las casas. Tomó su pistola y se dispuso a entrar para ver si había alguien cuando de pronto un maltrecho bull terrier salió cojeando, con una de sus patas traseras empapada en sangre. Casi no tenía pelaje, sus cuencas oculares estaban vacías y sus orejas parecían haber sido cortadas: el animal estaba completamente ciego, pero no tuvo problema alguno para escabullirse entre los juncos y perderse rápidamente entre la flora.
El joven Andrei entró a la cabaña esperando encontrar algo de utilidad. Cualquier cosa servirá: un mapa de los pantanos, un cuchillo o navaja, alguna lata de comida de antes del desastre, incluso una lámpara de aceite para ver mejor por las noches. Sin embargo, lo que vio era tétrico. En el comedor había una pequeña jauría de perros, todos de distinta raza, colores y tamaños, muertos.
Eran cinco en total, la mayoría de ellos tenían heridas de bala y estaban bañados en su propia sangre y fluidos. Por la luz de sol que entraba por la ventana, vio el reflejo de una hoja de metal que uno de los canes tenía incrustada en el lomo, era un cuchillo de caza.
La mezcla de olores y lo tenebroso del escenario provocaron que Andrei apenas atine a desclavar la navaja del animal y saliera, muy mareado, hacia la puerta, llevándose puesto un cuenco de metal que produjo un estruendo infernal.
-¿Habrán sido por esos perros los disparos que oí? se preguntó, pero sospechando debido a aquel que, medio moribundo, huyó hacia quién sabe dónde. Si estaban todos juntos en la casa, ¿quizá se habían encontrado con el dueño de aquellas pisadas? y ante semejantes heridas de muerte, se agruparon en manada y acabaron muriendo por la pérdida de sangre.
-Cómo sea, ahora tengo una herramienta. Pensó, mientras observaba a su alrededor, atento a si era posible entrar a alguna otra casa.
Curioseando, notó que la puerta del granero estaba destrabada, el candado yacía partido por la mitad por lo que parecían ser impactos de bala. Quizá el legítimo dueño del cuchillo estuviera aún merodeando por la aldea. No había rastros de lucha y el portón en sí estaba cerrado, impidiendo que los perros pudieran entrar. En ese preciso instante se arrepintió de su torpeza al haber anunciado su presencia con ese tropezón.
Supuso que ir por la puerta era lo mismo que suicidarse, por lo que dio un pequeño rodeo y encontró una ventana trasera, por la cual podía, si bien estaba oscuro, notar cualquier movimiento. Efectivamente, había una persona detrás de la puerta, apoyada sobre ésta para advertir cualquier mínimo intento de abrirla.
Andrei tomó su arma y apuntó hacia la figura:
-No hagas ningún movimiento brusco, manos a la cabeza y de rodillas, o te "quemo".
Obedeció sin dudarlo, Andrei entró por la ventana, se acercó caminando sin dejar de encañonar y abrió la puerta lo suficiente como para que la luz diurna iluminara a su rehén.
Era una chica. De unos veintitantos, con un torniquete casero en su pierna izquierda, el cual estaba completamente rojo, bañado en sangre. Tenía unas ojeras profundas, más oscuras que sus ojos marrones, y una mordida en su mano zurda.
-¿Quién te acompaña?, ¿Dónde están los otros?
+¿De qué hablas? Estoy yo sola, si vas a matarme, hazlo rápido -le respondió con desgana-
-¿Por qué me mientes? ahí fuera hay media docena de perros muertos -retrucó Andrei, que no encontraba lógica en las palabras de su rehén-
+ No parece que conozcas el lío en el que te acabas de meter. ¿No es cierto, stalker? -preguntó ella-
¿"Stalker"? ¿Qué es eso? El joven no entendía el sobrenombre que acababa de oír, ni por qué aquella muchacha se dio por vencida tan pronto.
"Esto es el colmo" se lamentó ella. "Prisionera de un forastero que no tiene ni la más remota idea de dónde acaba de meter su nariz".
Explícate -exigió Andrei, elevando el tono de su voz-
Ya, ya, tranquilo, deja que te cuente, no eres de por aquí, ¿verdad? -preguntó ella, mientras el joven negaba con la cabeza- verás, como te noto bastante nervioso lo primero que te pediría, a no ser que quieras morir tú también, es que no dispares. Así como me has encontrado, vendrán unos sujetos que no serán tan comprensivos como yo. Entre toda esta inmundicia y barro notarás que no estamos solos, esos "perros" como tú les llamas, son mutantes. Si has prestado la suficiente atención habrás visto que no tienen ojos, que no pueden ver.
Uno de ellos estaba vivo y escapó herido de muerte -le interrumpió-
Ese pobre diablo no va a volver, suelen moverse en grupos y emboscar a cualquiera que sea lo suficientemente idiota como para pasear por ahí sin ver a su alrededor. ¿Ves esto? -Le mostró la herida de su mano, una mordida profunda que comenzará a infectarse pronto- si has encontrado a una de esas alimañas con un Bowie incrustado en la espina, que sepas que he sido yo.
Lo he visto, de hecho, aquí lo tengo -dijo, enseñándole el arma ensangrentada en su cinturón- estaba buscando algo para limpiarla.
Estás de suerte, mira -señalando con la cabeza- por allí están mis cosas, ya que, por lo visto no vas a matarme, ¿te importaría acercarme esa botella?
Andrei, sin dejar de apuntarle con su mano derecha en el arma, revisó de reojo palpando con su zurda la mochila y reconoció una botella de cristal. La tomó y leyó en la etiqueta "Vodka Cosaco"
¿Es esta?
Sí, pásamela, que no te estoy invitando una copa, esto -la mordida- duele como no te lo imaginas, necesito limpiarla.
La chica intentó, como podía, cauterizar su herida, pero iba a necesitar sutura para sanar completamente.
"Deja que te siga contando" le dijo, mientras apoyaba la botella en el piso con un gesto de gratitud. "Esas bestias quizá no tengan ojos, pero todavía pueden 'verte' ¿entiendes?" hizo una pequeña pausa, pero al ver la cara de confusión de Andrei, siguió: "tal vez pienses que unos tontos perros hambrientos no deberían ser demasiado problema si no pueden verte, pero aún pueden oírte y seguirte con el olfato. Han perdido la visión, pero desarrollaron increíblemente sus sentidos, casi que no sienten la diferencia porque muchos de ellos ya han nacido así, se adaptan"
¿Cómo sabes tú eso? ¿eres de por aquí?
Hombre, sí y no, nadie es de aquí realmente, somos todos "stalkers"
Así me has llamado antes, dime, ¿Qué se supone que significa?
No te enteras de nada, a ver, ¿por dónde empiezo? -pensaba, mientras se apartaba los pelos de la cara, un fuerte viento soplaba por el espacio que dejaba la puerta entreabierta- ¿te importaría cerrarla? créeme, si tuvieras experiencia en La Zona tendrías más cuidado.
Optó por hacerle caso, al fin y al cabo estaba empapado por tanto caminar bajo la lluvia, y semejante viento no le haría bien a ninguno de los dos.
Soy Yuri, por cierto.
Andrei, dime, ¿tan peligroso es éste lugar?
—No tienes idea -dijo ella, mientras miraba hacia el piso y negaba con la cabeza- creo que tuviste suerte, por esta zona suelen acechar bandidos.
¿A eso te refieres con "stalkers"? -interrumpió él.
Diablos, no, te equivocas -retrucó ella- los bandidos son unos sinvergüenzas que nada tienen en común con los stalkers más allá del instinto de supervivencia. Verás, ellos carecen de moral, ¿sabes por qué tuve el presentimiento de que no tienes ni idea de nada? -le dijo ella en tono burlón, mientras él fruncía el ceño- porque no me has perforado la cabeza, para empezar. Los bandidos primero disparan y después hacen las preguntas, y como puedo ver, no estás herido, así que asumiré que yo soy la primera persona con la que te encuentras. 
Pero, ¿cuál es la gracia de venir aquí con semejante riesgo de muerte? -preguntó él, mientras a ella se le dibujó una sonrisa en el rostro.
Muy sencillo, por los artefactos -respondió ella, como si fuera una perogrullada- salvo que hayas venido aquí a una cita a ciegas entre tú y la muerte, sabrás como mínimo que hace casi 40 años hubo una catástrofe nuclear en la Central de Chernóbil.
¿Y eso qué tiene que ver? -interrumpió.
Paciencia, que estás muy tenso, baja esos humos. -mientras se sentaba en el suelo porque sintió que la herida en su pierna ya era insoportable- resulta que estamos en un lugar muy peculiar en el mundo, donde puedes volverte asquerosamente rico o fácilmente volverte pasto de gusanos, sin escalas. Con la explosión ha cambiado la naturaleza del área a niveles que no te puedes ni imaginar. No se trata solamente de perros ciegos o ratas gigantes, también han aparecido anomalías. -al ver la cara de confusión que ha puesto Andrei, ella siguió contando- Puntos específicos donde las leyes de la física carecen de sentido, pero de nada sirve que te lo cuente si no lo ves con tus propios ojos. Te convendría llevar un saco con piedritas, tuercas, algún tornillo u objeto pequeño que puedas arrojar para guiar tu camino y no caer en esas trampas mortales.
¿Y yo para qué querría tirarme de cabeza hacia la muerte?
Déjame terminar, hombre. -mientras revoleaba los ojos- en esos lugares pueden formarse elementos con propiedades asombrosas. Por ejemplo, hay piedras que pueden desviar las balas de tus enemigos, también las hay bolas gelatinosas capaces de regenerar las heridas como las mías. De hecho, no me vendría mal una de esas ahora mismo. Son muy valiosas, ¿sabes?, la gente de fuera está dispuesta a pagar mucho dinero por ellas, sobre todo los científicos. Dicen que con la suficiente investigación serían capaces de sintetizarlos, yo creo que es una chorrada, esas cosas sólo aparecen aquí y ya está.
Y supongo que ahí es donde entran los bandidos, ¿verdad?
En efecto, Sherlock -respondió Yuri- esos hijos de puta se esconden entre los matorrales y cuando menos te lo esperas te secuestran, te torturan para que les digas dónde están tus objetos de valor, te roban tu equipo y bueno, supongo que ya te imaginarás lo que nos hacen a nosotras...
A Andrei le dejaron mudo las palabras de la muchacha, y como gesto de empatía, dejó de apuntarle. "Supongo que también asesinan a sangre fría a sus víctimas" lo que provocó que la chica suspirara de alivio. "Da igual si tienes cosas de valor o no" afirmó ella. Él le mostró su mochila con sus casi nulos suministros y ella reconoció enseguida el parche con la insignia del Ejército Ruso, entendiendo que se trataba de un desertor.
"Mira, tú tendrás todo el entrenamiento que quieras, pero eso te servirá de poco si no conoces La Zona" le dijo mientras él la miraba fijo a los ojos. "Veo que no tienes ni pan, anda, fíjate en mi mochila, tengo algunos trozos de carne seca vete a saber tú de qué animal", compartieron raciones y la chica le contó que estaban relativamente cerca de la base de unos stalkers que moraban en los pantanos. "Cielo Despejado, son buena gente" dijo ella, como invitándole a ir juntos y, de paso, darle algunos consejos para sobrevivir ahí fuera.
"No me queda de otra" pensó él, habrá que lanzarse hacia lo incierto con una completa desconocida, y de paso, conseguir algo qué comer y dónde dormir esta noche. Y así fue: cuando la tormenta calmó y la niebla se disipó, partieron hacia el sur, por un camino de grava con vehículos abandonados y maquinaria industrial corroída por lo tóxico de las lluvias.
Atajemos por aquí. -Dijo ella, mientras señalaba con dirección hacia un arroyo.
¿Por qué? el camino todavía sigue. -Cuestionó él, al notar a lo lejos lo que parecía ser un pequeño taller con cocheras.
Créeme, si caminamos hacia allá estamos muertos. Aquel sitio es el Patio de Máquinas, allí hay un campamento que han montado los Spetsnaz (anotación al margen: Fuerzas Especiales del Ejército) donde "controlan" que no haya intrusos en los pantanos. Es preferible bajar al barro, tardaremos más pero hay menos peligro. -insistió mientras tomaba unas cuantas piedritas del suelo.
Atravesaron los hierbajos al costado del camino y hallaron un precario puente hecho de tablones de madera. No era muy estable y a Yuri se le dificultaba mantener el equilibrio debido al profundo corte en su pierna. Andrei se colocó la mochila al frente y le ofreció su ayuda: "voy yo delante, agárrate de mí" y lentos pero seguros lograron cruzar del otro lado.
"Éstas aguas están muy contaminadas, ya casi no quedan sapos" le advirtió ella, dejando implícito el hecho de que cruzar nadando era una pésima idea. Caminaron junto a un pequeño basural bajo dos grandes tuberías que apuntaban al Patio de Máquinas, pero que se originaban probablemente en el sur. "Debemos de seguirlas, tú ve delante y estate alerta por si las moscas, ya te diré yo dónde parar" le indicó ella, mientras rebuscaba en su mochila un paquete de cigarrillos.
Han pasado unos minutos andando entre la maleza cuando el ambiente empezó a sentirse más pesado de lo normal, como si el aire estuviese viciado. Se notaba incluso en la densidad de la hierba, que de verde ya pasaba a estar amarillenta, marchita, como si se estuvieran acercando a una zona muerta.
"Detente ahí, ¿no hueles nada?" le preguntó ella de forma capciosa. "Es gas, tonto, no te enteras de nada" dijo, aclarándole que no era casualidad lo que estaba pasando. Yuri tiró su ya casi terminado cigarro al suelo y lo apagó con su bota izquierda. Tomó de un bolsillo de su mochila las piedritas que había recogido del camino y le hizo un gesto a Andrei con la mano para que prestara atención.
Mira eso -le dijo, señalando que las cañerías que venían siguiendo se hundían en la tierra- te presentaré tu primer anomalía, ve detrás de mi.
Hizo unos pocos pasos y se empezó a sentir que la temperatura aumentaba a medida que ambos se acercaban, "quítate esa ropa" le ordenó Yuri. "Vamos, que no te estoy pidiendo que te desnudes, es que con ese abrigo lamentarás no hacerme caso". El tipo le hizo caso, se sacó la chaqueta y se arremangó su camiseta. La joven tomó una de las piedritas del montón y la arrojó con todas sus fuerzas delante de ella.
De golpe emergió una llamarada del suelo, como si esa roca fuera la chispa que encendió la fuga de gas. Andrei se quedó paralizado, sin entender nada.
Eso que ves es una anomalía Quemador. -afirmó ella, mientras le ofreció algunos de los guijarros- toma, haz lo que yo, coge algunos y lánzalos para encontrar el camino.
Tú estás loca, dijiste que era más seguro atajar por aquí -respondió él, mientras observaba el fuego, hipnotizado por el absurdo de La Zona y su naturaleza.
Y lo es, créeme que preferirías morir quemado aquí a que "te quemen" las balas. No mucha gente se atreve a cruzar por las anomalías, entonces probablemente tengamos una ruta segura. Anda, ¿o tienes miedo? -provocándolo, mientras tomó la posta y se metió al mismísimo infierno para llegar al otro lado.
"¿Dónde me metí?" se preguntaba Andrei, mientras lamentaba haber abandonado la milicia. No había otra manera, no tenía agua ni comida como para hacer un viaje de vuelta y su única esperanza era una chiflada asesina de perros que se arriesgaba a ser reducida a cenizas. Tomó sus rocas y comenzó a arrojarlas en distintas direcciones, notando que las flamas formaban una especie de laberinto y que, aparentemente, era factible encontrar el camino. El calor era insoportable, le agradeció internamente el consejo de quitarse el abrigo, debían hacer como un millón de grados en ese campo.
Tómate tu tiempo, pero ¡no mueras! que aún te necesito para llegar hacia allá -le gritó ella, que ya había tocado tierra segura, sentada en el largo césped y señalando un edificio a lo lejos.
Con paciencia y mucho sudor, el inexperto logró esquivar las anomalías y alcanzar a su compañera.
"Bravo, bravísimo" le felicitó ella, mientras se reía por verlo hecho agua por tanto calor. "Ahora debemos a aquel sitio" recordándole su próximo destino.
¿Falta mucho?
Más o menos, no es tanto la distancia si no el poder pasar por ahí de una pieza -respondió ella, mientras miró de arriba a abajo a su acompañante- ¿no quieres descansar un poco? veo que estás agitado y te necesitaré en todas tus facultades para llegar a la base.
Déjame que tome un poco el aire, por cierto, ¿Qué hay en aquel lugar? -preguntó él, mientras se tumbaba en el suelo mirando hacia las nubes.
Es una vieja iglesia, normalmente no debería haber problemas pero en días de tormenta suelen usarla de refugio tanto los stalkers como los bandidos.
¿Cómo puedo distinguir entre ambos? ¿usan algún uniforme en particular? -consultó, mientras miraba el abrigo marrón de ella.
Bueno, mira, normalmente la gente aquí trata de vestirse con algunos colores en particular para representar a su facción, así que no estás mal en tu lógica. Los bandidos se caracterizan principalmente por usar el color negro y ropa deportiva, lo bastante cómoda para salir cagando leches si la cosa se complica.
¿Y los stalkers? porque veo que tu llevas un tono más bien marrón -le dijo mientras señalaba su gabardina.
Efectivamente, pero no toda persona que lleve marrón o una chaqueta de cuero serán stalkers, más bien la mayoría, es como una ropa común universal que en general significa que no perteneces a ningún grupo en específico. Aquí en los pantanos es más fácil, hay presencia de cuatro grupos "fuertes": los bandidos, los stalkers "solitarios" como yo, los militares, que puedes reconocerlos precisamente por el tono verdoso y sus boinas o cascos y por último, pero no menos importantes, están los de Cielo Despejado. -Le dijo, mientras contaba con sus dedos.
¿"Cielo Despejado"? ¿Qué son, meteorólogos?
Ja, ja, qué gracioso. -parece que fue capaz de arrancarle una carcajada, ella se encendió otro cigarrillo- ¿quieres uno? -le ofreció.
No, yo no fumo -respondió él.
Ya, yo tampoco, es este sitio el que me obliga -mientras daba una pitada larga, mantuvo el humo un rato dentro y lo exhaló como si se quitara un peso de encima- Cielo Despejado es un grupo de stalkers que se dedican a mantener bajo control los pantanos. Casi no tienen presencia más allá de este lugar, de hecho, allí es a donde vamos. Pasando la iglesia, llegaremos a unas tierras bajas con una torre de vigilancia, ya he estado ahí un par de veces, me conocen. Son amistosos con la gente decente, así que no tendrán problema en dejarnos pasar.
Pero me estabas hablando de los colores -le recordó.
Ah, sí. Ellos usan el azul claro, casi celeste, quizá sí sean pronosticadores del tiempo, ja. Vamos, cuanto antes lleguemos antes te pondrás al corriente con tu nueva vida, y yo podré hacerme ver estas heridas.
Ambos se levantaron y fijaron curso hacia la iglesia, una enorme construcción de madera con un campanario, desde el cual a priori no se notaba la presencia de nadie. Cercada con muros de ladrillo, pero el abandono y la notoria anarquía reinante presentaban huecos en la muralla. A través de uno de ellos era posible ver el antiguo cementerio y un galpón que probablemente otrora fue utilizado por algún sereno que pasara las noches custodiando la pequeña necrópolis. Por el ala oeste se encontraba la entrada principal, frente a una calle desierta, pero el dúo no se iba a arriesgar a meterse por ahí. Si había bandidos sería un suicidio anunciarse, por lo que optaron por pasar cuerpo a tierra por un agujero en la cerca, junto al pequeño cobertizo. En el patio trasero tampoco había nadie, pero como estuvo lloviendo, naturalmente nadie querría embarrarse o salir solo pudiendo ser atacado por algún mutante.
"Las ventanas son muy altas, deberíamos buscar algo en qué subirnos para poder ver dentro" dijo ella, mientras él rebuscaba entre el caos de cosas que había en el almacén. Se topó con un trozo de cerca de madera, que bien podía servir de escalera de mano improvisada. La apoyó sobre la pared, colocando dos de los ladrillos en la base para sostenerse, subió algunos peldaños y pudo comprobar que había una pequeña hoguera echando sus últimos humos, pero que la planta baja estaba vacía. Detrás del altar observó unos andamios que probablemente llevarían al campanario. "Quizá quienes hayan pasado  por aquí han extraviado alguna cosa que nos pueda servir" le sugirió a Yuri, que asintió con la cabeza.
Andrei bajó y dieron un rodeo hacia la entrada, él iba delante pistola en mano, revisando cada rincón por si alguien astuto estuviera escondido esperando a algún incrédulo. Todo despejado.
"Revisa arriba, yo me quedo aquí buscando alguna cosa de valor" le dijo ella. Le pareció lógico, con su corte en la pierna iba a ser una tarea titánica trepar por esos andamios, era mejor dividir roles y que él se asegurara de que todo estuviera vacío. Así lo hizo: comenzó a subir, y mientras tanto ella rebuscaba entre unas cajas. Encontró una linterna y algunas latas de energizante que guardó en su mochila, también encontró un walkie-talkie sobre una repisa.
Mientras tanto, Andrei llegó hacia una puerta cerrada, tomó su arma y giró el pomo lentamente, estaba sin llave, por lo que pudo entrar despacio y encontrarse con una habitación repleta de colchones, aparentemente era el dormitorio de los viajantes que paraban en el lugar. En ella, se encontraba una escalera de mano que llevaba hacia una trampilla. Pero para subir era necesario cerrar la puerta, porque ésta abría hacia dentro y la falta de espacio hacía imposible acceder al campanario.
Así lo hizo, subió despacio hacia la trampilla, para comprobar que efectivamente no había nadie, pero que en el campanario había una mesa con dos sillas, un par de binoculares, un juego de cubiertos y había un viento que casi lo remonta como un cometa.
Mientras tanto abajo, Yuri probaba el radio esperando alguna respuesta de stalkers cercanos, sin éxito. Vio, como una serendipia, un paquete de vendas que bien podían servirle para su mano mordida. Se dispuso a tratar su herida cuando oyó unos pasos fuera. Se subió a una de las cajas de madera en las que estuvo rebuscando, se asomó por la ventana y pudo distinguir a dos hombres que vestían sudaderas negras. Uno de ellos llevaba una escopeta de doble cañón colgando de su espalda.
"Maldita sea mi suerte" se dijo por lo bajo, mientras llamaba a Andrei casi susurrándole para que no la descubrieran. En vano, porque con la puerta de arriba cerrada y semejante viento era imposible escuchar nada. Optó por esconderse, tomar el transmisor y ponerlo en modo VOX (que se encendiera al hablar), esperando que alguien dentro de la frecuencia pudiera llegar a su rescate.
De vuelta en el campanario, Andrei tomó los binoculares para buscar la dichosa torre de vigilancia que su compañera le había mencionado, allí estaba, al suroeste, apenas alcanzaba a distinguirse entre los árboles del pantano, pero la humareda de la hoguera resaltaba por demás en el pintoresco yermo radioactivo. Cerca de ella, pudo ver a dos hombres sentados, uno removía las brasas mientras el otro tocaba una guitarra



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